En la Grecia Antigua contemporánea a Sócrates, vivían una serie de personajes denominados “rapsodas”. Ellos, inspirados por la poesía de Homero, Hesíodo o Arquíloco expresaban bellamente sus poemas. Sócrates, en uno de los diálogos de Platón (1), hace referencia a este tipo de conocimiento comparándolo con la piedra magnética o heráclea encontrada por Eurípides (el imán). Esta piedra puede atraer anillos y hacer, a su vez, que estos últimos atraigan otros, formándose una especie de cadena. Dice -entonces- que las Musas vendrían a ser aquella piedra imantada y el primer anillo el poeta. Luego, en la cadena, se ubicarían los que representaban, interpretaban o transmitían el mensaje del poeta. El último anillo, el último eslabón era el público, que, también bajo el efecto divino de la musa, se emocionaba al contemplar la obra.
Volviendo a los tiempos presentes, con vaga intuición de aquél fenómeno, y frente a ciertos éxitos artísticos surgidos me veo ante la obligación de preguntarme ¿será que el arte vanguardista pop de algunos necesita un rapsoda que le trasmita la emoción al público? ¿Lo requerimos para que nos “imante” con la creación divina del artista?¿Necesitamos de un rapsoda que nos ponga extáticos como si fuéramos verdaderos coribantes ante las exhortaciones de alguna divinidad? ¿Será posible que sintamos como nuestra la fuerza magnética del arte con la ayuda de estos preciosos metales que son los artistas o es que están hechos de madera (como anillos de coco)?
Si no me equivoco, veo últimamente un arte en el que ni el más heroico rapsoda podrá retener un solo mensaje. Arte vacío, que por lo mismo, ya perdió toda identidad divina y también eterna.

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